Un emisario me trajo una carta que decía:
“¡Felicidades! Has sido la ganadora del concurso: Un verano de Famosos. Mañana puedes ir a recoger al ayuntamiento de tu ciudad otra carta en la que te explicaremos, al detalle, qué vas a hacer cada día de este inesperado verano”
¡No me lo podía creer! ¡Tanto tiempo esperando ansiosamente que llegara esta carta y, al fin, la tenía en mis manos! Nunca olvidaré esta maravillosa sensación que se siente al creerte, por unos instantes, la reina del mundo. Es como si el mundo entero se parase y, aunque continuaba en movimiento, era tal el congelamiento de mi cuerpo, que no reaccionaba, hasta que sonó el teléfono. Por más que no quisiera, volví a la realidad de mi mundo de fantasía, aun así, conservando esa gran sonrisa que nadie me quitaría: era Lidia, que me tenía preparada una sorpresa. Pero lo único que me dijo fue que me vistiese corriendo y fuese a una casa de millonarios, que no andaba muy lejos de la mía. Quería anunciar por todo lo alto la gran noticia, pero me contuve y esperé a estar con todo el mundo a mi alrededor, para que me escucharan. Caminé rápido y decidida, hasta que al fin llegué: esa enorme mansión, con finos detalles en cada borde del tejado, el amplio jardín, con altos arbustos y hermosas flores exóticas, cuidadas minuciosamente...Cada vez que observaba la belleza de aquella casa, un escalofrío me recorría todo el cuerpo. Llamé cuidadosamente al timbre. Una voz ronca y grave contestó al otro lado: “¿Quién es?”
-Disculpe, señor: Me llamo Claudia García y vivo en el número 22 de esta calle. Mi amiga Lidia me ha comunicado que debía venir aquí.-Contesté, algo tímida.
-¡Por supuesto! Entra, bonita-Su voz se aclaró y se endulzó más, y esta respuesta me la dijo en un tono muy amable. Me había caído bien, por el momento.
Entré, y mientras la verja se cerraba, yo daba pequeños pasos, observando atentamente cada detalle de todo lo que formaba parte de esa casa. Ya me aproximaba a la puerta y estaba dispuesta a llamar a su respectivo timbre, pero alguien me llamó por detrás. Era Lidia, que me hacía señas con la mano para que acudiese a donde se encontraba. Una vez allí, me cogió de la mano y me llevó corriendo a una esquina. Cuando llegamos, paró en seco, me observó durante unos segundos de arriba abajo y al fin, habló:
-Arréglate esos pelos hija, que parece que no te has peinado, pero por lo demás estás perfecta.
Ya lo sé, era muy atrevida a la hora de decir las cosas, pero aun así, me caía genial. No comprendía lo que me dijo hasta que asomé un poco de mi cara para ver qué había al otro lado.
Y allí estaban: cientos de personas esperándole a alguien. Llevaban cámaras de televisión, de varios programas e incluso estaba el presentador de mi programa preferido. En cuanto me vieron, enfocaron todas las cámaras hacia mí y yo me escondí detrás del muro, tenía mucha vergüenza...Pero Lidia me dio un empujoncito, lo suficiente para asomar mi cuerpo entero, así que no tuve otro remedio que avanzar. Al llegar a unos asientos negros, rellenos de goma-espuma, me hicieron sentarme y comenzaron a hacerme diversas preguntas: “¿En qué pensaste cuando te presentaste al concurso?”, “¿Qué tienes pensado hacer ahora que vas a conocer a tus estrellas preferidas?”, “¿Tienes algún talento oculto para mostrar?”, etc. Intenté responder a todo, pero me puse muy nerviosa, así que pasaron a publicidad y me relajé. Después de dos horas seguidas sentada en ese mini-sofá, al fin me levanté y mis amigas que habían acudido a ver el rodaje de los programas, me felicitaron y también me interrogaron (quizá, hasta demasiado...), pero intenté controlarme y responderles a todo. Una vez en casa, me tumbé en el sillón y encendí la tele. ¡Salía en todos los canales de noticias! Me alegré mucho. Así que llegó la hora de acostarse y intenté forzar mi sueño, para ver si en él aparecía el verano que me esperaba. Soñé que todos nos hacíamos amigos inseparables y todos mis amigos me envidiaban.
Al fin, el gran día llegó: me dirigía con mis pesadas maletas al aeropuerto, y mis padres me ayudaban a llevarlas. El avión despegó con retraso, y mientras veía cómo todo se iba haciendo más pequeño, pensaba: “Los Ángeles...¡Allá vamos!” Y sin querer, mi cara cambió de gesto y apareció una alegre sonrisa. Para cuando me quise dar cuenta, ya habíamos aterrizado y cuando fui a bajar, me esperaba una larga alfombra roja, con periodistas y cámaras por todos lados. Al final de ésta, aguardaba un chofer, que sujetaba la puerta de una brillante limusina negra. Cargaron mis maletas en el maletero y yo monté en el maravilloso vehículo. El viaje a la Casa de los Famosos, en Los Ángeles, lo pasé observando el paisaje, esas enormes tiendas de ropa cara y todas esas personas que me miraban al verme pasar. Al llegar a la casa, estaba esperándome el presentador del programa que había ganado. Me enseñó toda la casa, y era preciosa y muy majestuosa. Cuando me dejaron explorarla por mí misma, escuché una voz hablando detrás mía, con acento inglés: ¡Era Nicole Kidman! Fui corriendo, me abrazó y me dio un par de besos. Aunque ya sabía perfectamente quién era, se presentó, por modestia. Yo también lo hice. Al rato, estaba la casa llena de famosos: Jonny Deep, Penélope Cruz, Katy Perry, Madonna, Shakira, Robert Pattinsonvoleibol, etc. Los días se pasaban volando y, sin darnos apenas cuenta, ya estábamos en la mitad del verano. Así, que decidimos organizar una salida que durase unos cinco días, para hacer una acampada al aire libre, observando el maravilloso cielo estrellado por la noche. Para no contaminar, cogimos un carro algo viejo, pero lo suficientemente grande, para guardar allí las cosas más grandes y pesadas y los alimentos para esos días.
Por el camino vimos gran variedad de animales: aridillas, algún que otro lobo inofensivo, topos y, sobre todo, insectos (demasiados...). Cuando llegamos a un llano grande, despejado de zarzas y hierbajos, soltamos cuidadosamente el carro, inspeccionamos el terreno y, una vez comprobado que era seguro, montamos las tiendas de campaña. Al principio nos costó muchísimo montarlas, pero nos reímos mogollón, porque unas veces, nos caíamos; otras, se nos escapaba algún palo mal clavado en el suelo; y otras, simplemente hacíamos algo mal adrede para que los demás se rieran.
Llegó la noche, y todos nos tumbamos en unas toallas mirando al cielo: todo era absolutamente precioso, jamás había visto algo semejante, era como un espectáculo nocturno: las estrellas, algunas más grandes y brillantes que otras, relucían en el firmamento como nunca, los murciélagos y los búhos que a esas horas salían a cazar, batían sus alas majestuosamente, y los aviones se movían lentamente hacia un lado, mientras sus luces rojas parpadeaban...Todo aquello era tan relajante que, sin darnos cuenta, nos dormimos. A la mañana siguiente, y durante el resto de la acampada, hacíamos diferentes grupos y organizábamos concursos como: “A ver quién pesca antes un pez”, o “Adivina el sonido”. Y todas las noches nos quedábamos dormidos observando el firmamento. Al llegar a la Casa de los Famosos, nos enteramos de que esos cinco días nos habían seguido y gravado los cámaras del programa, pero no nos enteramos. Ese día nos apetecía reposar después de habernos tomado un buen vaso de café con leche, acompañado de magdalenas, y reflexionar mientas estábamos tumbados en nuestras respectivas camas.
Pasaron los días, y todos los miércoles y viernes a la tarde, nos reunían a todos y nos entrevistaban: en grupo e individualmente.
Continuamos realizando actividades, entrevistas, ruedas de prensa y sesiones fotográficas todos los días, hasta que llegó el día menos esperado: el día anterior a la despedida. Todos nos encontrábamos con falta de ánimo y no nos apetecía hablar con nadie, excepto con cada uno de nuestros compañeros. Así que a pesar de todo aquello, intentamos reunir fuerzas y aprovechar al máximo nuestro último día en la casa. Nos dimos nuestros números de móvil y direcciones de correo, para seguir en contacto después del programa. Yo les trataba, ahora que éramos muy amigos, como personas normales, pero reaccioné y me di cuenta de que todos los famosos a los que yo adoraba tenían una amplia relación amistosa conmigo y todos me iban a envidiar por ello. Me alegré, y ese pensamiento me sirvió para mantener el buen humor el resto del día.
A la mañana siguiente, nos levantamos temprano e hicimos nuestras maletas. Nos despedimos uno a uno en el aeropuerto, casi llorando, y con abrazos muy cálidos. Añoraba mi casa, pero ese verano nadie me lo iba a arrebatar de la memoria. El avión despegó, y algunos famosos como Penélope Cruz, que eran españoles, viajaron conmigo hasta España. Así que en Madrid nos esperaban nuestras respectivas familias y un montón de periodistas a ambos lados de una larga alfombra roja, parecida a la de Los Ángeles. En cuanto divisé a lo lejos a mis padres, solté mis maletas y fui corriendo a abrazarlos.
-Cariño, te hemos visto todos los días en el programa. ¿Qué tal te lo has pasado?-Preguntó mi madre.
-¡Genial! Enseguida nos hicimos todos amigos y me sentía como en un sueño. Hay muchas cosas para contar...-Respondí alegremente y dando saltos.
Penélope y yo nos despedimos y tomamos rumbo hacia nuestras casas.
Pasaron los meses y todos nos llamábamos día a día para preguntar qué tal nos iba todo. Mis amigos me preguntaban si les podía conseguir autógrafos, pero no daba abasto, aunque me gustaba ser agradecida.
Me llamaron muchas veces al móvil para ir a programas y hacer series de televisión. También acompañé a algunos famosos con los que estuve en la casa a hacer una gira, y conocí a muchísimos más, a los que acompañaba también a varias entregas de premios, en las que se pasaba de maravilla.
Fue un gran verano, nunca voy a olvidar a nadie, ni todos los momentos que pasamos juntos...
FIN